En
un lejano paraje llamado las Mendrosas,
sus ojos siempre divisarán las verdes alfombras,
mecidas por la brisa y rizadas por el aire
haciendo que huela
a limpio, a tierra fértil y a rocío.
Bajando
cumbres, y cruzando el río que serpea entre
álamos y sabinas descargando su fruto, sin prisas,
en el lago, allá
en la lejanía.
La
noche es azul en el dorado paisaje donde la bóveda
celeste se cubre
de luceros, luciérnagas y estrellas
después que el sol
huyera por Occidente,
cubriendo de fuego
las nubes que perezosas
vagan sin destino
aparente.